tocar el deseo heteroLo sé, cuando se van los miedos, aparecen los deseos. Dejarse ir y todo se abre. 

El deseo aparece. Probablemente porque no se buscó.

Vino de una situación o vino de una disposición. Los estímulos pueden ser externos o internos. No se sabe.

El deseo vino y estalló desde dentro y necesitaba salir, expresarse, vehicularse. Imágenes vivencias que lo remueven hasta despertarlo. Una energía poderosa que viene del interior y busca expandirse. Busca comunicarse y compartirse. Hasta quedarnos sin aliento.

Gritarlo y vivirlo.

El deseo tiene mil formas y cuando aparece no tiene límites, no hay que juzgarlo: sólo dejarlo ser. Puede ser la música, pueden ser las imágenes o unas palabras susurradas las que hacen que resurja. El mar de los deseos se muestra inmenso, y es puro presente. Mar donde nadar y dejarse llevar sin fin. El deseo es expansivo, es ambicioso. El deseo es agua en movimiento, agua sin fin.

Te sorprende sentirlo, pero si entras en él te lo da todo. Todo el placer, toda la fuerza te devuelve a ti aunque sea el otro quien te alimente. Es dártelo, es permitirte ser, es sentir que estás vivo y que estás presente.

El deseo te agota. Tienes que parar y respirar y seguir sintiéndolo. Es sorpresa porque te llena y te produce algo que va más allá del bienestar. El placer de sentirlo te hace sentir todo tu poder, todos tus superpoderes.

Deseo de llenarte de fundirte de complacerte de no parar. Deseo de estar, de ser, de transformación, de alegría, de “por fin he llegado aquí”.

Sentir el deseo es quererse, es amarse, es elegirse a uno mismo por encima de todas las cosas. Elegir ser en ese momento, ser sin más, ser y sentir y pensar a través de los sentidos. Ser sin miedos, sin expectativas, sin destinos a los que llegar, sin objetivos que cumplir.

Ser sin más.

Tocar el Deseo, permitirse vivir esa fiesta individual, la fiesta de la vida, de sentirse en uno mismo, de sentirse vivo. Increíblemente vivo.