Salto al vacío

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Espero su llamada. La espero mucho. Y también me desespero.
No quiero llamarle yo. No quiero que piense que le necesito. No quiero que perciba mi fragilidad.Me siento frágil porque no me llama. Quizá no le haya gustado. Quizá se ha asustado en nuestra primera cita. Algo ha visto en mí que le ha frenado.
Parecía tan contento. Incluso me besó ¿o le besé yo? Quizá no debiera haberle besado. No en la primera cita. He cometido un error.
Me llama.
No me pregunta cómo estoy.
Tan sólo habla y habla sobre lo ocupado que está. El trabajo, su jefe, los proveedores… ¿por qué me cuenta todo esto?
Ni una sola palabra cariñosa. Sólo me habla de él hasta que decide colgar, tiene que colgar dice, unos clientes le esperan. Cuelga.
Siento frío.

A veces nos atrevemos y nos lanzamos. Unos a cara descubierta, otros a corazón abierto y la mayoría con todas las defensas puestas para “no ser dañados”.
Y ese parece ser el plan para conocer a alguien, para incluso llegar a estar en pareja. Y fracasamos, estrepitosamente.
Parece que es en ese momento de inicio cuando más miedo sentimos, miedo a perdernos en el otro, a desaparecer o a ser utilizados.
Entonces iniciamos viaje y nos dedicamos más que nunca a nosotros mismos. Estamos con el otro pero en realidad no somos capaces de verle. Jugamos a ver dónde va a parar la atención, quién se va a llevar el gato al agua.
Le hablamos de nosotros, de nuestra vida, de nuestros problemas y nuestras alegrías. Le hablamos porque queremos ser escuchados, sentirnos escuchados, por fin. Sentimos que el otro se ocupa de nosotros y nos atiende y nos reconoce.
Nosotros somos los protagonistas de esa historia y el otro es mi oyente. No le veo y no le escucho porque apenas existe para mí. Su fin es confirmar lo importante que soy. Eso que yo no tenía muy claro me lo demuestra con su atención y su tiempo.
Son relaciones profilácticas. Estériles. Porque nada producen y nada crean.
Buscamos ser mirados y ser elegidos para sentir que somos alguien.
Pero en realidad no deseamos mezclarnos con el otro, profundizar en él y verle en su totalidad. Nos asomamos a barreras y desde allí intuimos ruedos a los que nuestra cobardía nos impide saltar.
No queremos arriesgar. El miedo al dolor, a las incertidumbres, a los peligros y las decepciones nos impide dar saltos al vacío.
Estar en pareja es un viaje a la transformación. Y exige valentía porque supone reconocer primero tu propia fragilidad.
Es más fácil consumir relaciones de quita y pon que no nos tocan, que nos dan de comer pero no nos nutren y que tan solo calman nuestra propia ansiedad.
No nos relacionamos con el otro sino con los pensamientos que tenemos sobre el otro y los pensamientos que creemos que el otro tiene sobre nosotros mismos.
Y en todos esos pensamientos está el miedo y los bloqueos que impiden la fusión.
Nos relacionamos sin tocarnos, sin mezclarnos, sin transformarnos.
No nos atrevemos a saltar porque nuestro ficticio mundo de seguridad nos lo impide y si percibimos que ese alguien nos toca salimos corriendo.
¿Acaso existe una alternativa?
Saltar. Ser valientes. Atrevernos. Sentir el miedo y atravesarlo. Asumir riesgos y consecuencias y de su mano vivir viajes apasionantes, ver al otro, reconocerle, encontrarme con él, desearle, perderme, ser uno y volver a mí.
Equivocarnos. O no. ¿Y qué?
Qué diferente y qué gran posibilidad de vida. Prepárate para saltar.
El momento es ahora.

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