Puntos y aparte

foto-taller-sexualidad-femenina“Me costó verlo pero al final lo entendí. Me costó darme cuenta de que no me podía dar nada y tampoco era capaz de recibir todo lo que yo le ofrecía. Me costó pero lo vi con claridad y sentí la absoluta certeza de que nuestra historia había terminado”.

Son las palabras de María, que llegó junto con su tristeza en busca de ayuda profesional.

“¿Por qué es tan difícil amar a alguien? ¿ Por qué es tan difícil que me amen?, repetía llena de desaliento. “Recuerdo la última vez que estuvimos juntos. Cómo nuestros cuerpos se encontraron y se buscaron de nuevo, o tal vez sólo era el mío el que le buscaba. Todas mis caricias, todo mi ansia, todo mi abandono se fueron perdiendo sin respuesta. Estábamos los dos ahí y sentía cómo el deseo nos atrapaba pero era como buscar agua en el desierto. Su ausencia era tan poderosa que cada vez me iba encontrando más y más sola hasta sentía  que había llegado a una isla y sólo un inmenso mar me acompañaba… ahí acabó todo”.

El dolor está presente en todo el relato de María que es un ejemplo perfecto de cómo dos personas pueden compartir una máxima intimidad física y a la vez estar viviendo una separación absoluta. Es así. Y es esa contradicción la que nos lleva a sentir más profundamente la amargura del momento.

El encuentro erótico en el que nos desnudamos y nos exponemos al otro nos convierte en seres frágiles, extraordinariamente frágiles. Sobre todo si somos dos que no se acaban de encontrar. Que a pesar de estar compartiéndose y disfrutándose no están unidos. Hay una disarmonía que se siente pero no se pone en palabras y que hace que lo que sería un momento de fusión se convierta en un episodio de separación.

Es cierto que la expresión erótica y afectiva son diferentes en hombres y en mujeres, de nuevo las diferencias sexuadas, y estas hacen que a veces no sea fácil vivir los encuentros de la misma manera. Pero lo que es más cierto es que dos que se desean son dos individualidades, dos biografías y dos momentos vitales que a lo mejor no coinciden, aunque nos empeñemos.

En terapia de pareja siempre intentamos que cada parte intente valorar lo que está dispuesto a dar y a recibir y hasta qué punto el otro es capaz de ofrecerlo y de aceptarlo. Si no vemos esto podemos estar luchando contra nosotros mismos y sólo nos puede llevar a un estado de frustración permanente y desesperanza.

Pensar que todo se soluciona a través de los encuentros sexuales es una idea cuanto menos peligrosa. Prefiero la idea de que nuestros encuentros son  termómetros relacionales, porque son nuestros cuerpos en comunicación y ahí todo se evidencia. Otra cosa es que queramos o sepamos leer las señales, sean del color que sean.

Porque ahí está todo el calor y toda la magia, todo el deseo, el placer, la satisfacción y el deseo de colmarnos pero también puede habitar todo el frío, el silencio y la desolación más absoluta.

Se trata como siempre de sentir, de abrir todos los sentidos y estar atentos a lo que me ocurre y le está ocurriendo al otro.  Y si, como en el caso de María, se siente la certeza de que no va más parémonos a contemplarlo y diseñemos nuevos caminos.

Tal vez sea el momento de trazar un punto y aparte…

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