¿Orientaciones sexuales líquidas? de Rebeca Inut [Cogam]

¿ORIENTACIONES SEXUALES LÍQUIDAS?
Una reflexión sobre mujeres lesbianas tardías…
Es posible fluir desde una orientación sexual hacia otra…?

Ser hetero, con los roles definidos y etiquetados desde tu nacimiento, sin
posibilidad de permitirte plantearte otras emociones, otros sentimientos
que te llevaran a tener atracción por el sexo opuesto… Ser hetero como
digo y que te gustaran las personas del sexo contrario, sería lo correcto
en una sociedad hetoronormativa y que fueses una persona heterosexual,
insisto, es exactamente lo que se esperaría de ti.

Sin embargo, cuando yo sentía una sensación de opresión en el pecho,
siempre que se acercaba Sara, cuando se me aceleraba el pulso al verla,
cuando su sonrisa iluminaba mi vida y solo sentía necesidad de abrazarla,
de tocar sus manos, de respirar su aire compartiendo el mismo espacio.
Cuando notaba que la alegría se instalaba en mi alma por el mero hecho de
su existencia, hizo que me plantease otras posibilidades.
Era muy joven cuando esto sucedió y los amigos tan inexpertos y
desinformados como yo, me decían que eso era amistad. Que eran sentimientos
fraternales.
-Que era lo normal….!!!!!

Claro que ese peso, esas ganas locas que tenía de abrazar a Sara, no las
sentía por Carmen o por Toñi.
También eran mis amigas, las quería igual, pero no sentía la necesidad de
abrazarlas de esa forma especial, reflexionaba yo en voz alta.
-Eso es, porque hay más afinidad con Sara que con ellas, me decían…
-Porque la quieres más.

Yo, era una adolescente inexperta de colegio de monjas, donde esas
emociones estaban prohibidas y donde la religión excluía, bajo la amenaza
del pecado, hasta el pensamiento más íntimo en el que se imaginasen otras
formas de amar.
Yo recordaba una sensación parecida sentida unos años atrás por Marga, pero
suponía que estos sentimientos, debían estar dentro de esa amistad especial
que me pintaron.
Sin embargo, Sara ocupaba mi pensamiento, mis preferencias…
Recordar su aroma cuando se acercaba a darme un beso en la mejilla, me
excitaba sin yo saber que significaba esa excitación.
Su olor a vainilla, a ese perfume de adolescentes típico de aquella década,
está en mi memoria olfativa y me hace estremecer aún hoy cuando lo evoco.
Pero la heteronormatividad me envolvió en sus reglas y me arrastró por una
adolescencia sin más salidas que la marcada por la familia, por el entorno
y por las expectativas.
Las expectativas de los otros… Las terribles carceleras de tu yo.

Llegó el instituto, los grupos de amigos encantadores que revoloteaban a mi
alrededor con sus mochilas llenas de libros y más expectativas de nuevo.
Ninguno olía a vainilla ni provocaba que se me acelerase el pulso.
Pasaban por mi lado y yo solo sentía por ellos la misma emoción que me
producía la presencia de mi hermano.
Inmadurez sexual me decían, ya sentirás mariposas en el estomago cuando
llegue “Él,” el “Príncipe Azul”, porque en aquella época, este mito estaba
de moda..
” Príncipes y Princesas” de cuento con final feliz….

Pero la verdad es que la que llegó fue Berta.
Vino a pasar las vacaciones de verano y nos encontramos en aquella playa.
Su arrolladora personalidad me pasó por encima como si tratase de un tren
de mercancías.
Quedé completamente rendida a su encanto, a su voz al nombrarme, a su risa
cuando jugábamos en la playa, a su sensibilidad en cada puesta de sol y a
aquella caricia en mi mejilla, mientras estábamos tumbadas de bruces sobre
la arena.
Había agua en sus ojos y debajo, en el fondo de su mirada vi un abismo que
me produjo aquél vértigo maravilloso que olía a mar.
Me faltaba el aire y me sobraba el mundo…
Me acostumbré a sus pasos, me hice adicta a su piel, a sus labios salados
después de bañarnos y aprendí a reconocer los rincones de mi cuerpo, esos
que saben a pecado y que me había prohibido a mí misma, adoctrinada por las
enseñanzas de las monjas.
– No os dejéis tocar un pelo por los chicos. Decía Sor Carmela.
Bueno, Berta estaba claro que no era chico.
Era una mujer y mi piel reconocía cada una de sus caricias como si hubieran
sido dibujadas por mi en mi propio cuerpo.
Terminó el verano y Berta volvió al internado.
Cartas… Muchas al principio, después menos y al final el olvido.
Amor de verano, me dijeron.
Experiencia maravillosa decía mi piel con mudas sensaciones grabadas en
cada uno de mis poros.

De nuevo los compañeros de clase, adolescentes inexpertos con caricias
torpes.
Berta era muy joven también, como yo, pero nunca fuimos torpes.
Descubrimos despacio nuestros rincones mas íntimos con la segura certeza de
conocer como darnos placer, sin tener que explorar demasiado la una en la
otra, porque sabíamos exactamente qué, dónde, cómo y cuándo.

Algunos chicos fueron importantes en mi vida, era lo esperado por mis
carceleras la expectativas, pero ninguno me hizo olvidar las caricias de
Berta.
Ninguno tenía su delicadeza para quitarte el aire en un abrazo y
desconocían su forma de como beber de un beso.
Era consciente de que ser diferente no me beneficiaba en absoluto dentro
de la sociedad en la que me había tocado vivir.
Dediqué mi interés a algunos compañeros por experimentar y por no ir
siempre ” contra corriente” pero fue algo que ya he olvidado.
Mi entorno continuaba evolucionando y sucediendose en procesos lógicos
dentro de roles esperadamente normales.
Mis carceleras, las expectativas creadas por otros y para mi, también lo
hacían.
Las lesbianas tardías, son mujeres que descubren o declaran sentimientos
hacia su mismo sexo a una edad adulta.
Yo hubiera estado en este grupo posiblemente si no fuese porque le pregunté
una vez a mi abuela si era posible amar a otra mujer.
Ella, mujer inteligente y adelantada a su época, me contestó
afirmativamente y sin ningún prejuicio.
Ese fue el momento….!!!!!
Mi momento…!!!!!
Me acepté como una mujer que era capaz de amar a otra.
Me tranquilicé y mi piel se relajó y comenzó a disfrutar con lo que la vida
me iba regalando.
Sin angustias ni dudas.
Y le conocí a él, un día con el paso de los años… Le conocí y le quise y
el reloj biológico se puso en marcha y fui una madre feliz .
Pero después se terminó.
Quedó la sensación de felicidad con los hijos, pero faltaba la sensación de
esa manera de amar diferente, sin la forma opresiva y encorsetada que me
producía un hombre.
Entonces sucedió, tomé la decisión de dejar de amarlos.

Fluidez sexual…?
Reloj biológico llamando a la maternidad…?
Expectativas carceleras…?

Todas las premisas podían ser ciertas sin duda, pero el sentimiento más
recurrente en mi cerebro, era la necesidad rabiosa de la piel con olor a
vainilla de mi adolescencia.
Miraba a otras mujeres.
Me atraían sus aromas, sus caderas enfundadas en vaqueros ajustados, sus
risas, las miradas llenas, sus abrazos suaves y tiernos, sus movimientos al
bailar y la seguridad y certeza en cada una de sus caricias.

Cuando una mujer se manifiesta como lesbiana, se da por seguro que lo ha
sido siempre, desde su nacimiento, pero yo ahora estoy segura que han
intervenido en su trayectoria varios agentes vigilados por las carceleras
expectativas y que no hay un modelo que defina a una mujer lesbiana.
Tantas historias como mujeres y todas diferentes…
Esa es la única verdad.

Y después continué quemando etapas en mi vida…
Hasta que un día llegó ella….. Ella…… Realmente enamorarse de una
mujer sucedió con ella.
Mismos objetivos, mismos pensamientos. Sordas a las expectativas carceleras.
Con la libertad absoluta que proporciona el amor y las leyes de mi país, me
casé con ella.
Mi chica era ella… Abrazaba con la intesidad exacta que necesitaba mi
deseo.
Su mirada profundamente azul soltaba y liberaba mi alma.
Fue mi momento de seguridad en la vida y me di la oportunidad de repensar
lo que quería…
No lo vi como una elección consciente… Creo que estuvo mas allá de mi
control.
Me enamoré de algo que estaba más allá de sus ojos, algo mucho mas
profundo y la amé…
Si…. La amé por Marga, por Sara y por Berta.
Esta vez y siendo completamente consciente decidí hacer de la libertad en
la forma de amar mi bandera.

Rebeca Inut

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