Category Archives: Calidad de amantes

Es por mí, es por ti

parejaA veces, es tan grande el deseo de complacer al otro, que nos olvidamos de nosotros mismos. A veces, es tan infinita esa necesidad que dejamos de ver al otro- porque sólo vivimos en la preocupación y el miedo.

¿De qué nos sirve callar en pareja? ¿De qué nos sirve evitar los conflictos e ir acumulando silencios?
A veces, cuando iniciamos una relación de pareja nos parece que todo ha de ser ideal. Los dos queremos satisfacernos, complacernos el uno en el otro y sobre todo dar todo lo mejor que tenemos.

Entonces, cuando aparecen cosas feas, pequeños desencuentros, cosas que no me gustan del otro nos entra el pánico. ¿Se lo digo, no se lo digo? ¿Le cuento cómo me hace sentir esa reacción suya o… no merece la pena?

El ideal y las ganas de ver la mejor versión del otro nos impiden aceptar la realidad. Estamos enamorados luego todo se minimiza…
Y siguen pasando cosas, y aparecen ciertas exigencias del otro que me hacen sentir raro. Y yo sigo sin decir nada, y mientras silencio todo se va quedando dentro de mí.

Un día me doy cuenta de que me siento extraño. Y lo que es peor, no me apetece el otro. Me esfuerzo en acercarme a él, en responder a sus contactos físicos pero mi cuerpo no responde. Siento como mi deseo por el otro se ha escapado por la puerta de atrás y ni siquiera me ha avisado.
Me siento fatal, culpable, responsable de la felicidad del otro e incapaz de darle lo que yo creo que necesita y se merece. Más presión, más estrés… ¿dónde he llegado exactamente?

He llegado al escenario del miedo, justo el lugar donde el deseo no habita.

¿Qué hacer entonces?

Rebobinar, rebobina y recuerda en qué punto dejaste de ser tú. En qué momento te equivocaste y empezaste a vivir la vida del otro en lugar de tu vida con el otro. Recuerda cuándo fue que pudo más el satisfacer al otro que satisfacerte a ti mismo. Recuerda cuando le dijiste al otro un sí que se convirtió en un no dentro de ti. Recuerda cuando te negaste a ti creyendo salvar el mundo.

Recuerda y aprende. Aprende que vivir en pareja es ante todo ocuparse de uno mismo y desde ese respeto por uno mismo darse al otro. No es egoísmo sino generosidad. Ser pareja no es anularse, perderse ni desaparecer del mundo, sino más bien al revés. Es estar más vivo que nunca y crecer con el espejo del otro y crecer en la total incertidumbre pero crecer.

Es poder disentir, dar, recibir o negar desde la absoluta conciencia de libertad. ¿De qué le sirvo al otro si no soy yo quien está ahí? ¿De qué me sirve el otro si sólo quiero una parte de él? ¿De qué me sirve si no me acepto o no le acepto en su totalidad?

A veces elegimos a aquella persona no por ser quien es sino por lo que nos hace sentir. La pregunta es, ¿qué sentimos cuando dejamos de ser nosotros mismos?

Cada uno que encuentre sus respuestas.

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Deseos que duelen

InsatisfaccionDafne es pura luz y a veces también pura oscuridad. Tiene 32 años cumplidos y a veces se siente más en la pubertad que en la etapa adulta de su vida. Y eso duele.

Lleva seis años con su pareja, Eduardo, quien a pesar de beber los vientos por ella no logra estimular su deseo y esto va creando un abismo de separación entre ambos.

A Dafne le gusta jugar, expresarse, sentirse una mujer pero sólo se lo permite de vez en cuando. Le cuesta tomar cualquier decisión, se muestra insegura, tímida y se siente inadecuada en su vida en general. Siente que le falta carácter, capacidades y lo que le falta es el convencimiento de saber que está preparada para vivir casi todo.

Ha sido una niña hiper protegida, especialmente por su madre, con quien mantiene una relación sin límites, casi de adoración y posiblemente de servidumbre. No da un paso sin contar con ella y necesita constantemente de su mirada y su aprobación para seguir adelante. Y esto también duele.

Su deseo erótico está detenido, pero no porque no lo sienta sino porque no lo reconoce. Cuando está con su pareja le apetece hacer cosas diferentes, probar novedades pero no se atreve, ¿y por qué no? Porque alguna vez que lo ha intentado y ha sentido la mirada desaprobatoria del otro, curioso. Ella da un paso y el otro la frena, ella quiere saltar y el otro la detiene.

El resultado es que sus encuentros eróticos son fríos, predecibles, ajustados, pero al final… dolorosos. Desde hace un año el dolor físico ha aparecido y Dafne lo ha silenciado. Siente dolor al realizar el coito pero ella calla porque entiende que sólo se trata de aguantar un poco, que después pasará.

Quiere comportarse como una verdadera mujer en la cama y ella que no se siente una mujer sino una niña hace ensayos generales donde sólo interpreta un papel. Necesita de nuevo la mirada de su pareja para saber que está siendo complacido y que eso de alguna forma le tranquiliza a ella. Alivio.

Dafne y Eduardo se encuentran en un momento difícil. Tanto la masculinidad de él como la feminidad de ella están en juego, y han entrado en un círculo de dolor físico y emocional que no saben cómo romper.

Podemos abordar este caso desde muchos puntos, en formato individual o en pareja. Un trabajo que les permita redefinir su deseo por el otro, sus formas de expresarlo, su amatoria que exige nuevas formas y posibilidades. Pero lo más importante es darle voz a Dafne.

Que ese dolor que se silencia, se grite por fin. Que saque toda la emoción que está en su interior y llegue a donde tenga que llegar. Que sienta que crecer es posible y madurar en su ser adulta. Que decida, que elija, que gane y que pierda porque eso es crecer y que lo haga ocupándose ella de sí misma.

Dafne hoy se atreve. Está entendiendo el proceso y ya no se rompe, ya no está dividida. Se está construyendo, creando y recreando a sí misma y junto a ella su relación de pareja. El deseo ahora no va solo sino que es algo que se cocina entre dos, con las ganas de los dos y el alimento de los dos.

Dafne luce ahora y lo hace con luz propia.

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Puntos y aparte

foto-taller-sexualidad-femenina“Me costó verlo pero al final lo entendí. Me costó darme cuenta de que no me podía dar nada y tampoco era capaz de recibir todo lo que yo le ofrecía. Me costó pero lo vi con claridad y sentí la absoluta certeza de que nuestra historia había terminado”.

Son las palabras de María, que llegó junto con su tristeza en busca de ayuda profesional.

“¿Por qué es tan difícil amar a alguien? ¿ Por qué es tan difícil que me amen?, repetía llena de desaliento. “Recuerdo la última vez que estuvimos juntos. Cómo nuestros cuerpos se encontraron y se buscaron de nuevo, o tal vez sólo era el mío el que le buscaba. Todas mis caricias, todo mi ansia, todo mi abandono se fueron perdiendo sin respuesta. Estábamos los dos ahí y sentía cómo el deseo nos atrapaba pero era como buscar agua en el desierto. Su ausencia era tan poderosa que cada vez me iba encontrando más y más sola hasta sentía  que había llegado a una isla y sólo un inmenso mar me acompañaba… ahí acabó todo”.

El dolor está presente en todo el relato de María que es un ejemplo perfecto de cómo dos personas pueden compartir una máxima intimidad física y a la vez estar viviendo una separación absoluta. Es así. Y es esa contradicción la que nos lleva a sentir más profundamente la amargura del momento.

El encuentro erótico en el que nos desnudamos y nos exponemos al otro nos convierte en seres frágiles, extraordinariamente frágiles. Sobre todo si somos dos que no se acaban de encontrar. Que a pesar de estar compartiéndose y disfrutándose no están unidos. Hay una disarmonía que se siente pero no se pone en palabras y que hace que lo que sería un momento de fusión se convierta en un episodio de separación.

Es cierto que la expresión erótica y afectiva son diferentes en hombres y en mujeres, de nuevo las diferencias sexuadas, y estas hacen que a veces no sea fácil vivir los encuentros de la misma manera. Pero lo que es más cierto es que dos que se desean son dos individualidades, dos biografías y dos momentos vitales que a lo mejor no coinciden, aunque nos empeñemos.

En terapia de pareja siempre intentamos que cada parte intente valorar lo que está dispuesto a dar y a recibir y hasta qué punto el otro es capaz de ofrecerlo y de aceptarlo. Si no vemos esto podemos estar luchando contra nosotros mismos y sólo nos puede llevar a un estado de frustración permanente y desesperanza.

Pensar que todo se soluciona a través de los encuentros sexuales es una idea cuanto menos peligrosa. Prefiero la idea de que nuestros encuentros son  termómetros relacionales, porque son nuestros cuerpos en comunicación y ahí todo se evidencia. Otra cosa es que queramos o sepamos leer las señales, sean del color que sean.

Porque ahí está todo el calor y toda la magia, todo el deseo, el placer, la satisfacción y el deseo de colmarnos pero también puede habitar todo el frío, el silencio y la desolación más absoluta.

Se trata como siempre de sentir, de abrir todos los sentidos y estar atentos a lo que me ocurre y le está ocurriendo al otro.  Y si, como en el caso de María, se siente la certeza de que no va más parémonos a contemplarlo y diseñemos nuevos caminos.

Tal vez sea el momento de trazar un punto y aparte…

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