atrapadoVivimos adictos, cada vez más, y cuanto más adictos somos, menor es la profundidad de nuestro comportamiento, de nuestro compromiso y de nuestra entrega y respeto por nosotros mismos y por los demás.

Nuestro sentido de pertenencia lo nutrimos a base de redes sociales donde nos sentimos acogidos y creamos la ilusión de no estar solos.

Conseguir pareja también es posible en la Red. Chats para todos los gustos , aplicaciones para el móvil, páginas de búsqueda de pareja on line… Internet nos lo da todo. Nos ofrece el marco ideal: facilidad, inmediatez, variedad, anonimato… A golpe de click podemos contactar con hombres y mujeres de cualquier edad y característica que se ajusten a nuestros deseos. Perfiles y más perfiles con los que interactuar, que se convierten en posibilidades de satisfacer nuestras necesidades apenas reconocidas.

Experimentamos encuentros rápidos, buscando que todo ocurra en el menor tiempo posible. Tenemos prisa por satisfacernos, por encontrar y calmar nuestras ansias. Ansias de gustar, de ser elegidos, de obtener resultados, ansias de complacer y ser complacidos de nuevo.

Necesitamos compañía para calmar nuestras soledades. Y hacemos lo necesario para que la estimulación sea tan fuerte que nos impida escuchar nuestro ruido interior. No importa que el miedo al compromiso y la intimidad estén ahí, no es momento para escucharlos.

Puede que creamos que sólo es cuestión de sexo, sin afecto o con afecto y ese es el escenario en el que nos movemos, pero esta idea parece más bien un espejismo.

No es la adicción al sexo la que nos mueve, no es que de repente nos sacuda una oleada de hipererotismo por mucho que nos quieran hacer creer. No es que tengamos el deseo desatado, ni los hombres ni las mujeres, ni los homos ni los heteros… Tiene más bien que ver con que hemos entrado en una espiral de abandono de nosotros mismos que se traduce en búsquedas incesantes con el sexo como acicate.

Consumimos relaciones, cuerpos y personas porque todos nos convertimos en objetos de consumo y potenciales consumidores. Y nos enganchamos a cada nueva cita, a cada nuevo contacto con la idea de experimentar y sentirnos vivos, sabiendo que si no conseguimos nuestro objetivo siempre habrá otra nueva oportunidad.

Y cuando esto nos falta nos sentimos desvalidos, extraños y volvemos a probar hasta que la luz se ponga en verde de nuevo y sintamos que hay alguien al otro lado de la pantalla al que le importamos.

Hemos creado nuevos mundos de cuento en los que diseñamos nuestros personajes. Es una ilusión de control que nos hace creer que nos relacionamos de verdad, que realmente nos compartimos. Qué más da que sea cierto o no.

Enganchados a la sed de experiencias, el hechizo ha hecho su efecto y nos mantiene felizmente anestesiados, así… ¿quién quiere salirse de este cuento?